
Sea como fuere, el caso es que El idiota se sitúa en el justo medio de una especie de trilogía dedicada a la investigación narrativa y que Kurosawa, quizá inconscientemente, planteó como los cimientos de todo su posterior universo cinematográfico. En efecto, mientras que Rashomon plantea un ejercicio “pirandelliano” de abstracción y atmósfera, cuyos derroteros argumentales devienen una laberíntica representación de la complejidad de la condición humana, Vivir reconduce el estilo de Kurosawa a la tradición más pura del cine japonés, mediante un ritmo y una puesta en escena de arrebatadora tranquilidad y sencillez. El idiota , por su parte, es la sublimación de la fascinación del cineasta por la cultura occidental y, a la par, la primera interconexión directa con la literatura foránea. El resto de su filmografía estará configurada, estrictamente, por variantes de estos tres conceptos.
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